El amor de nuestras vidas.


 El amor de la vida no es ese que dura toda la vida, si no ese que nos marca para bien, toda la vida

Tal vez soy muy “chapada a la antigua” o vi demasiadas películas de Disney cuando pequeña, no lo sé, pero creo que uno siempre que ama, debe amar con todo el corazón. Ok, sí, sé que soy cursi en exceso, que vivo en las nubes la mitad del tiempo pero tampoco es que busque un príncipe azul, me gusta el amor real, con errores, con defectos y sé que somos pocos los que tenemos la suerte de encontrar a alguien a quien amamos y que nos ama sin pretensiones, con intensidad y con fuerza, a pesar de nosotros mismos.

La mayoría de las personas cree que el amor de la vida es el que dura para siempre, ese es que largo y duradero y no muere nunca. Al menos eso es lo que nos venden las películas, a veces algunos libros. Yo creo que no es así, creo que el amor de la vida es ese que es tan intenso que el recuerdo es el que dura para siempre. La supuesta “alma gemela” no es necesariamente la persona con la que se supone uno será feliz por el resto de la vida, sino esa persona que llega a sacudirnos, a enseñarnos, a abrirnos el corazón, ese que se graba así, con paciencia, con cuidadito, sin que nos demos cuenta.

Siento que pocas personas logran tener ese tipo amor, o al menos una certeza de que fueron amados realmente. Yo me crucé con alguien hace dos años y medio, así, por casualidad, no como en los cuentos, pero sí por pura cuestión de suerte, y sí, digo suerte porque no sé qué hubiera sido de mí sino lo hubiera encontrado a él. Ahora se fue, tan fugaz  y tajante como llegó. Y yo al principio me preguntaba una y otra vez sí había sido real, sí de verdad había algo de certeza en lo vivido, al menos para sentir  que valía la pena encapsular ese recuerdo en mí.  Y las respuestas vinieron solas con la intensidad de las memorias, con la fuerte remembranza de los sentimientos.

A veces la sociedad pretende que uno llene una serie de requisitos socialmente aceptados, o viva cierto tipo de experiencias como para cumplir con lo “normal”, yo me di cuenta tarde que no hay que llenar los moldes, que no vale la pena llenar un “timeline” con un montón de fotos mostrando la felicidad, que no toca celebrar aniversarios,  que no hay que hacer “lo que supone que toca hacer”, sino hay que hacer lo que nace. Al menos alcancé a  darme cuenta que no tenía por qué odiarlo solo porque se supone que debo hacerlo porque ya no hay nada. No me nace y sí no hay razones para odiar, ¿para qué inventárselas?

Sí, se acabó.  Pero yo puedo decir con seguridad, que alguien me amó, que alguien despertó conmigo en las mañanas y veló mi sueño en las noches de insomnio. Que alguien bailó, soñó y vivió a mi lado hasta que se quedó sin fuerzas, que alguien me trajo una flor un día y quiso ver por mis ojos, que alguien recito poesía para mí y me leyó cuentos sobre sombreros y conejos antes de dormirme en su regazo. Y yo fui feliz, como nunca antes lo había sido. Puedo decir que viví un amor bonito, siempre diferente, libre de ataduras y con enseñanzas eternas. Errores, peleas y culpas como todos, pero un amor de verdad de esos que uno recuerda y  siente que una corriente le sube por el cuerpo y vuelve a sentirse morir de la felicidad. Él fue el amor de mi vida y yo el de él, nos encontremos o no después.


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