A veces me pregunto por qué cuando algo malo sucede, es como sí se iniciara un efecto dominó, se cayeran una a una las fichas que antes parecían firmes ante cualquier contratiempo. Parece que uno contara un tiempo delimitado para ser feliz, para encontrarse a uno mismo y estar en la cima, amar, tener sexo, ser exitoso, ver los días y las noches con un velo de arco iris y absoluta felicidad. Pero luego todo acaba, los castillos se derrumban, las pesadillas y los miedos regresan, y todo, de un día para otro comienza a fallar. Ahora hay tormenta en mi cuarto, llueve y me inundo, me ahogo, mis gritos son silenciados por la cotidianidad de los nuevos días. La vida nunca para. La gente dice que va a pasar, que después habrá sol radiante y hasta sequías, sin embargo, yo me siento sumida en un huracán, en uno de esos que arrazan con todo lo que se les cruza en el camino, y solo dejan escombros. Quienes nos salvan de los abismos, muchas veces tendrán el poder de hundirnos...